SE TRATA DE DIVERTIR-NOS por Josep Martinez

SE TRATA DE DIVERTIR-NOS

Clara, es una yegua de quince años, de capa torda picaso, aunque ya va perdiendo el apellido del pintor. Llegó a casa después de haber sido rescatada de una hípica que sus dueños abandonaron.

Llegó hambrienta, desnutrida y muy estresada, se le caía el pelo y no paraba de rascarse.

Por lo que hemos visto en ella, fue domada a base de someterla, de calentones en la boca y golpes de látigo, hasta que le impusieron la doma clásica (paso español, desplazamientos laterales, pasaje,…). Los primeros días, al entrar en el picadero redondo, empezaba a dar vueltas sin parar hasta extenuarse, no hacía mucho caso a la voz, pero bastaba con coger la tralla del suelo para empezar a obedecer, pero no se relajaba, siempre estaba con el cuello y la mandíbula tensa, no conseguíamos que se relajarse. Aún sin decirle nada, al entrar al picadero ella hacia lo que aprendió, yo me podía sentar, apartarme a un lado, decirle que fuera al paso, no había manera, no conseguía que se relajase ni que se divirtiera.

Y eso no es todo, cuando la montabas empezaba, sin ninguna ayuda, a sacar los pasos que sabía, y si tirabas de la rienda para pararla aún era peor porque sacaba fuego por las muelas. A mi hija de 4 años que aún no sabe montar no podía dejarla con ella, porque Clara se revolucionaba y la niña se ponía nerviosa. Llegué a la conclusión que ni Clara ni su domador se divirtieron en este maravilloso proceso de la comprensión equinohumnana. Creo que cuando nos ponemos dentro del espacio de un caballo debemos olvidar todo lo que somos y sentimos para disponernos a ser un équido más, pensar como ellos, hablar como ellos y divertirnos como ellos y con ellos. De nada sirve intentar explicar a un niño de 5 años como se escribe una palabra haciendo una profunda reflexión sobre la filología, hay que hablarle como un niño que es y ganarnos su confianza siendo nosotros un niño más. Pues creo que con los caballos pasa exactamente lo mismo.

Así pues, decidí dejarla unos días pastando, sin hacerle nada, solo cepillarla, hablarle y acercándome a ella con una actitud tranquila y relajada. Si veía que llevaba una cuerda larga de la mano, se ponía rígida y se disponía a ir hacia el picadero. Es muy buena, en vez de revelarse y no querer entrar, ella iba dispuesta a todo, se entregaba aunque lo pasará mal. Así que lo fácil hubiera sido, entrar en el picadero y montarla, hubiera tenido una yegua espectacular con casi toda la doma posible y además ya estaba investigando su pasado porque lleva hierro y algún experto me dijo que seguro que podría tener buenos antecedentes. Eso hubiera sido lo fácil y tentaciones las hubo. Pero, después de asistir a un curso de Nuria Sala (Tatanca) y haber hablado con expertos como Víctor de Equilibregaia, pensé en que yegua quería yo. Llegué a la conclusión que quería salir con ella a excursiones, que la familia pudiera disfrutar de ella y no tener temores, ni nosotros hacia ella, ni ella hacia nosotros.

Ella siguió pastando tranquilamente y buen día me decidí, sólo tenía una salida: SORPRENDERLA, romperle los esquemas, hacerle un “reset”. Le puse una cabezada de cuerda (echo que ya le sorprendió) y de la mano, sin cuerdas, la metí en el picadero redondo, ella me miró inmóvil sin saber que hacer. Así estuvimos un rato, sin movernos los dos, sólo mirándonos. Al rato, con una trozo de tronco de olivo, un cordel de los de envolver la paja y una bolsa del Caprabo, la hice huir. Dio unas cuantas vueltas, hacia un lado y otro, bajo la cabeza, se relajó y relamió, y hicimos la unión. Al poco me dio las defensas, aunque la boca aún le cuesta un poco ya que la tiene muy castigada, y hicimos un pacto: yo no tendré en cuenta todo lo que ya sabes hacer y tu, a cambio, no tendrás en cuenta lo que nosotros sabemos hacer o no.

Los días siguientes, la monté con la cabezada de cuadra, con dos cuerdas de riendas, y al paso, recorríamos la zona donde ella suele estar. Mi hija Ruth, se monta sin silla y le acaricia las crines, y a ellas se agarra para pasear, mientras Clara mantiene el cuello estirado, relajado y con las orejas abiertas, y si yo desde el suelo le digo que al pas, ella sale al pas, si la silvo, ella se detiene.

Así es como se ha vuelto Clara, en una yegua tranquila, cariñosa, respetuosa, pendiente de quien lleva encima y obediente. Pero mantiene su carácter y su pacto, si hay algo que le incomoda, se detiene y me mira, diciéndome: “No recuerdas nuestro pacto?”.

El día de Sant Jordi es costumbre regalarse rosas y libros, ella, que siempre está atenta a todo, no quería ser menos, también quería participar de esta fiesta y nos regaló a Drac, un espléndido potro castaño oscuro, grandón, patoso y muy curioso, que la trae un poco de cabeza vigilando que no se marche de su lado y no se haga daño inspeccionando por ahí. Drac, como buen potro, se monta sus carreras al galope, de un lado para otro, y ella lo vigila y le avisa con un resoplo que deje de hacer potradas que se va a hacer daño, hasta que se cansa, y con un golpe de cabeza, se lo trae a su lado.

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